martes, 24 de diciembre de 2013

Aldana la tarotista

Aldana la tarotista mandaba sus ojos ovni
a abduccionarme la mirada.
quería  meter su alienígena en mi baúl
y para salvar mis recuerdos de su siseo
en posición de adolecente avestruz
melancólico
buscando siempre algo en el piso
sumergía mi mirada como una sonda náutica.
dos sonrisas pude verle, una rosada
tan triste como el cosmético barato que la pintaba,
la otra blanca y blanda, mostrando dientes postizos.
podría haber llegado profundo en ese cajón Aldana
pero sus primeras prendas eran tan tristes
que se conformó sin decirme nada.
vio la mano de un taxista señalándome el África
allá en el sudeste, siguiendo ese dedo mientras cruza
el desierto más grande y amargo del mundo.
vio brillar el sol en un culo manzanita
imaginando el mar dentro de mi boca
tan novedoso y difícil de tragar.
las colillas de cigarrillo, la arena
la playa vacía, el atardecer en la escollera
vio como picaba como armaba como fumaba,
pero predijo la muerte: los pies descalzos 
sobre el camino de madera el tergopol flotando 
elegantemente bajo el muelle.
dos niños, tímidos, que se acercaban cuanto menos
brillaba el sol sobre la playa, y Aldana que sólo le daba
malas noticias a las conchetas, y los niños que daban
un papelito, un ruego silencioso.
no me dijo nada la tarotista, dos sonrisas pude verle,
la segunda, blanca, blanda, se tragaba las malas noticias y
las cambiaba por buenas postizas mágicas baratas
y para niños pobres.
tímidos, levantando el velo del atardecer
los niños te dejaban ese papelito en la mano
y como si fuese un cachorro de murciélago
sentías en la palma de la mano ese chillido 
inaudible ruego silencioso.
Aldana vio mi sonda a más profundidad que también decía no,
la tarotista junto sus piedras, hizo numerología
y a un humilde precio ofreció predecirme
las desgracias que me merecía.

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