Aldana la tarotista mandaba sus ojos
ovni
a abduccionarme la mirada.
quería
meter su alienígena en mi baúl
y para salvar mis recuerdos de su siseo
en posición de adolecente avestruz
melancólico
buscando siempre algo en el piso
sumergía mi mirada como una sonda náutica.
dos sonrisas pude verle, una rosada
tan triste como el cosmético barato que
la pintaba,
la otra blanca y blanda, mostrando
dientes postizos.
podría haber llegado profundo en ese
cajón Aldana
pero sus primeras prendas eran tan tristes
que se conformó sin decirme nada.
vio la mano de un taxista señalándome el
África
allá en el sudeste, siguiendo ese dedo
mientras cruza
el desierto más grande y amargo del
mundo.
vio brillar el sol en un culo manzanita
imaginando el mar dentro de mi boca
tan novedoso y difícil de tragar.
las colillas de cigarrillo, la arena
la playa vacía, el atardecer en la
escollera
vio como picaba como armaba como fumaba,
pero predijo la muerte: los pies descalzos
sobre el camino de
madera el tergopol flotando
elegantemente bajo
el muelle.
dos niños, tímidos, que se acercaban
cuanto menos
brillaba el sol sobre la playa, y Aldana
que sólo le daba
malas noticias a las conchetas, y los
niños que daban
un papelito, un ruego silencioso.
no me dijo nada la tarotista, dos
sonrisas pude verle,
la segunda, blanca, blanda, se tragaba
las malas noticias y
las cambiaba por buenas postizas mágicas
baratas
y para niños pobres.
tímidos, levantando el velo del
atardecer
los niños te dejaban ese papelito en la
mano
y como si fuese un cachorro de murciélago
sentías en la palma de la mano ese
chillido
inaudible ruego silencioso.
Aldana vio mi sonda a más profundidad que
también decía no,
la tarotista junto sus piedras, hizo
numerología
y a un humilde precio ofreció predecirme
las desgracias que me merecía.
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