su pelo seguía siendo el sauce
inclinado sobre el río
aun cuando lloraba de tristeza
y decía su pedacito de vida
sobre un plato con media morcilla fría.
sólo supe abrazarla y besar su carita
que recibía mi ternura
como recibimos el viento al salir a la calle.
todo el día busco la felicidad
inventándome que la vida es linda
y que vivirla es la alegría
hasta que, sin previo aviso
quizás por un perrito acurrucado en la puerta de casa
en la misma puerta donde vi
indiferente
comer a un chico de mi edad la basura
que mamá me mandó a bajar,
hasta que, como decía, llego a la conclusión
de que la vida muchas veces
es triste.
aprendí a surfear sobre una mentira
y cuando, por fin, el mar me tragó
respiré la sal y exploré
insolente
el fondo de su cuerpo.
al cerrar los ojos veía el agua plomiza
y a mi lado, dándome la espalda
veía su pelo, aquel como el sauce
inclinado sobre el río
aquel que hubiese empujado dichoso
sumergiéndolo a cualquier profundidad.
al cerrar los ojos veía el agua plomiza
y no pude contenerla, y para no mentir
para no soportar el silencio
ni la indiferencia,
lloré caminando a casa lagrimas largas
y oxigenadas
que subían buscando la superficie.
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